Sur Cultural, que nació
en la zona sur de Córdoba capital quiso esta vez realizar un
repaso histórico que sirviera de homenaje a todo lo que tiene
que ver con Córdoba sacando de la caja de los recuerdos historias,
personajes, monumentos, escritores que reflejan a la cultura de esta
provincia mediterránea, casi como para refrescar la memoria
de nuestros mayores y mostrar a las nuevas generaciones parte de nuestro
patrimonio. Es solo un intento: nuestros lectores tienen la última
palabra.
CÓRDOBA
DE LAS CAMPANAS:
Córdoba de la Nueva Andalucía, fue fundada el
6 de julio de 1573 por el sevillano Don Jerónimo Luis
de Cabrera. En el decurso del tiempo quedaron las huellas de
su estructura colonial conformadoras del ahora llamado "Centro
Histórico" enriquecido por los movimientos religiosos
y por su contenido cultural.
Su patrimonio arquitectónico - urbanístico, cuyos
testimonios más antiguos datan de la primera mitad del
siglo XVII, se conservan como una de las más importantes
de América del Sur, encerrado de manera especial en los
grandes templos y conventos religiosos y estancias jesuíticas
diseminadas por toda la extensión de esta provincia.
La mano de obra aborigen, junto a la de los inmigrantes españoles,
italianos y franceses ha dejado construcciones ejemplares entre
las que se cuentan el legado jesuítico y las Iglesias
nombradas en el hermoso poema "Córdoba de las Campanas"
de Arturo Capdevila.
|

Iglesia Catedral
|
Eran
unas dulces
claras notas finas.
Eran las campanas
de las Catalinas Eran
un canto alado
como de promesa.
Eran las campanas
de Santa Teresa
Eran una voz
diciendo un distinto.
Eran las campanas
de Santo Domingo
Eran una voz mansa
llamando al aprisco.
Llamaban a misa
las de San Francisco
Eran unas voces
de amor hecho sed.
A misa llamaban
las de la Merced
Eran una voz llena
diciendo María.
Eran las campanas
de la Compañía
|
Eran
unas notas
de bronce y cristal.
Con altos acentos
ahuyentando el mal
O Gloria diciendo
con el claro metal.
¡Eran las campanas
de la Catedral!
Serán como
risas
cuando rien dos,
rebiques del Huerto
y del Niño Dios.

Manzana Jesuítica
|
LOS
ESTUDIANTES:
Abajo de un puente en pleno centro cordobés, y a merced de
las crecidas del río Suquía, vive Johana
Mercado, de 11 años: la primera escolta de
la escuela Grecia de esta capital, y una de las más admiradas
desde que un canal de tevé la mostró el viernes en su
acto escolar. La pequeña tiene el segundo promedio más
alto de su camada, sueña con ser abogada y sabe, con una certeza
que impacta cuando se mira el fondo de sus ojos oscuros, que "la
escuela es el único modo de salir de todo ésto".
¿Y qué es ésto? Johana señala el cielo
protector de un puente sobre el río. O mejor: de un pedacito
del puente Maipú, donde "un señor" dejó
que la nena, su papá lustrabotas, la mamá y sus otras
cuatro hermanitas, se queden "por un tiempo".
Los Mercado fueron cayendo desde la pobreza a la miseria desde un
impreciso "mucho tiempo" hasta un certero hoy: abajo de
esa construcción que los malprotege del frío, del sol,
del viento, de las lluvias. Para ir a la escuela, en barrio Müller,
Johana camina treinta cuadras de ida y otras treinta de vuelta. Dice
que no le gusta faltar. Aún cuando las zapatillas número
33 pidan tregua por tanto andar, y ambas sean del mismo pie. Luego
de tomar el té con pan -"si ese día no nos falta
el pan", acota sin autocompasión y sólo como un
dato más de la realidad-, Johana hace meteorología antes
de ir al colegio: "Miro el cielo para ver si viene tormenta.
Si veo que ya llueve, espero a que pase. Pero si veo que me va a dar
tiempo para llegar antes de que se largue, me apuro. Meto el cuaderno
y la carpeta en una bolsita de plástico, y salgo". ¿Y
si te alcanza en el camino? "Me saco las zapatillas y las pongo
en la misma bolsita del cuaderno y la carpeta. Y sigo". Y sigue,
Johana. La hermosa Johana de pelo negro, brillante, lavado con agua
fría aunque sea invierno. La que no tiene ni mochila. Ni cartuchera.
Ni Internet. Ni televisión. La que a veces, sólo a veces,
duerme en la única cama de la familia. Cuando le toca "el
turno". Pero, claro, no siempre. "Ahí tengo una colcha
en el piso, una almohada, y me tapo con otra colcha. A veces tengo
miedo. Pero es más el frío. ¿Viste que hace llorar
el frío a veces?", pregunta. Por suerte es ella la que
sigue. Cuenta que le gusta leer. Que una vez hasta encontró
"un pedacito" de Harry Potter. Y que como libros no hay,
es ella misma la que se escribe sus propios cuentos "cuando hay
papel". De ciencia ficción, policiales, de misterio. ¿El
último que escribió? "Uno de un policía
que busca una perla, pero que no puede encontrarla todavía",
sintetiza, con la preocupación de una escritora que aún
no ha podido darle el final a su obra. Cuentos que Johana tiene "prohibido"
contarles a las hermanitas en la oscuridad de la noche, antes de dormir,
"porque se asustan, lloran y tienen pesadillas", interviene
la madre. Una mujer de 39 años ajados, y que parece estar a
años luz del alma de esa hija que brilla como un diamante aún
debajo de ese puente donde el olor de la miseria envuelve al mundo
entero. Uno donde por las noches reza para que no crezca el río,
y sueña "con una casa digna, con techo y paredes".
Y con ser abogada, claro. Pero no porque lo vio por televisión,
porque no tiene. Sino porque "una vez le hicieron pasar el parto
a mi mamá y murió mi hermanita. Yo quiero defender a
las mujeres como ella", murmura. Y otra vez el puñal de
esa mirada de insondable inteligencia bajo ese puente que es refugio
y a la vez infamia. En el cuento inconcluso de Johana, el del policía
y la perla, habría que avisarle a ese pobre tipo que ya no
la busque.
Y que la perla es ella.

Con
su Familia y su pobreza |

Con sus
compañeros en el aula |
Fuente:
Diario Clarín 11/03/07
|
Era
una pelota, señores, poseída por el demonio. Bajaba desde
el cielo, créanme, convulsa, atrapada por el efecto espasmódico
contraído por un despeje largo y defectuoso o por un disparo trabado
a último momento. Digo más, esa pelota, queridos amigos
del viril deporte del balompié, traía consigo dos o tres
efectos simultáneos: hacia atrás, hacia adelante y hacia
ambos costados. Y gemía, crujía, jadeaba, emitía
gorgoteos sobrecogedores. Bajaba, en suma, endiablada, hacia un señor
que se llamaba Daniel Willington
y que la esperaba parado, casi sobre la línea de fuera, midiéndola
con la mirada torva de los que saben.
Era en la cancha de Central y rodeando a Willington, había varios
hombres de los nuestros. No intentaron ni siquiera anticipar o intervenir
en la jugada. Sabían que esa pelota era imposible de dominar y
que el rebote, corto o largo, los favorecería. Willington levantó
su pierna derecha con el movimiento lento y acompasado de las garzas,
hasta que el pie alcanzó la altura de su propia cabeza. Y la pelota,
la trastornada, la rabiosa, la enloquecida, se posó sobre la punta
de ese pie derecho para quedar allí, mansa, sosegada, como el halcón
que encuentra la mano enguantada de su señor. O, más domésticamente,
como el loro que localiza el dedo familiar de su dueño. Así,
pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, la
bajó casi hasta el piso pero, antes de dejarla tocar el suelo,
le dio un golpecito tenue con la capellada, luego otro, y la puso en el
pecho de un compañero que estaba a unos diez metros de distancia,
por sobre las cabezas de los jugadores de Central.
Recuerdo que se hizo un silencio breve en el estadio y después
rompió un aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más
propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol. Ni siquiera
sé cómo salimos ese día. Me acuerdo, solamente, de
esa pelota que bajó Willington.
...
Fui testigo, asimismo, pasado el tiempo, de cómo el padre Karras
expulsaba al demonio del cuerpo martirizado de una niña en "El
exorcista". La niña bufaba, se retorcía, vomitaba y
emitía aullidos animaloides. Pero, así y todo, les confieso,
me impresionó más aquella pelota que bajó Willington.
Que no jugaba solo, sin embargo, en ese Vélez campeón del
año '68. Había una defensa, al estilo velezano, de gente
dura y fornida. Estaba Solórzano, estaba Zóttola. Estaban
Ovejero y Atela. Atela tenía la solidez, la expresión prolija
y cortante de aquellos que, en solitario y desde las tinieblas, atacaban
a James Bond. Marín, el arquero, que también triunfaría
largamente en México, revistaba en la línea de los eficientes
y tarzanescos, los apuestos, los que bien podrían interpretar al
amigo del héroe en una serie televisiva norteamericana mala. En
el medio merodeaba Moreyra, un volante alto y habilidoso que mostraba
un gran manejo y una particular cabeza esférica y chiquita. En
la punta derecha jugaba Luna, un wing absolutamente clásico y formal,
de aquellos extremos que disfrutaban de la corrida y el centro como única
labor, sin ningún tipo de culpa, antes de que se los empezara a
cuestionar y terminaran casi desapareciendo, como los osos panda. Luna
era rubio, veloz y vertical. Metía esos centros rasantes y a la
carrera, casi sin desbordar al marcador, corriendo aparejado con él,
con el chanfle interno de su pie derecho, buscando las cabezas del Turco
Wehbe, Carlitos Bianchi o, en menor medida y eficacia, Nogara. Wehbe era
un ultraliviano vivo, buen cabeceador y rebotero. Fibroso, agudo, morocho
aceitunado, parecía un perfil recortado sobre chapa. De esos goleadores
que los relatores deportivos recién identifican cuando salen gritando
y reciben los abrazos de sus compañeros tras uno de esos centros
rastreros frente a los palos que van a buscar ocho atacantes y catorce
defensores. Siempre son ellos, los goleadores, los que la tocaron último.
Bianchi, que por ese entonces asomaba en Primera, tenía otra dimensión,
física y futbolística. Más grandote, más pesado,
más sólido, era temible lanzado en carrera y podía
aguantar con el cuerpo a los adversarios que se le colgaban del cuello
o de los hombros. Cabeceaba muy bien y definía con enorme certeza.
Un poco injustamente, aquel campeonato conquistado por Vélez suele
recordarse por esa pelota que Gallo, el lateral derecho velezano, sacó
con la mano sobre la línea de gol en un partido definitorio contra
River, ante la miopía repentina del árbitro Guillermo Nimo.
Y no fue una mano cortita, furtiva, el zarpazo invisible de un gato, al
estilo de la mano de Dios de Diego Maradona. Gallo se estiró cuan
largo es (no lo era mucho) con todo el brazo extendido, para despejar
esa pelota que ya entraba, tal como lo registraron algunas fotografías
que aparecieron en la revista El Gráfico. Pero, de la misma forma
en que no se puede borrar con el codo lo que se escribió con la
mano, tampoco se podrá borrar con la mano de Gallo lo que Vélez,
en el '68, conducido por el parsimonioso talento de Daniel Willington,
escribió con los pies y con el corazón dentro de la cancha.
"No
te vayas, campeón"
(equipos memorables del fútbol argentino)
Editorial Sudamericana (2000)
|